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Descartes no estaba solo: Hierba mora

Descartes escribe “pienso luego existo”, pero se calla que también se acuesta con mujeres y tiene hijas, al menos una, que murió de escarlatina a los dos años.

La madre de esa hija, Helene Jans, junto con la reina Cristina de Suecia (que tiene una relación más idealizada con el filósofo) e Inés Andrade (que lo estudia para su tesis) son las protagonistas de esta novela pausada.

Reivindica el saber y el gozo del cuerpo para mejor gozo del alma, la liberta de, primero saber quién se es, y luego serlo.

Los datos sobre el libro:
Título: Hierba mora
Autora: Teresa Moure

Entrevista con la autora

http://www.union-web.com/news/061004/not01.html

Título: Los huesos de Descartes    Autor: Russell Shorto

 

El filósofo francés René Descartes murió en 1650 en Suecia, donde ejercía de profesor privado de la reina Cristina. Fue enterrado casi en secreto, pero sus restos no iban a encontrar el reposo que les deseaban sus amigos más cercanos. Cuando la noticia de su muerte llegó finalmente a Francia -donde Descartes, gracias a su nuevo pensamiento racional, se había convertido en uno de los referentes de la incipiente modernidad-, se pidió la devolución de los despojos para que descansaran en su país natal, con lo que los huesos del filósofo empezaron su particular viaje.
Cuando el féretro llegó a destino lo hizo en medio del caos de los primeros compases de la revolución francesa, y fue depositado en la Iglesia de Santa Génova, a la espera de poder rendirle el homenaje que se merecía. Una vez hubo triunfado la revolución, sus líderes emprendieron un proceso que recibió el nombre de “panteonización”. Se trataba de dar sepultura especial a los grandes hombres que habían muerto por el progreso de la racionalidad y el nuevo pensamiento que formaría el paradigma de la modernidad. Curiosamente, este proceso era una especie de santificación en una época que destacó por su voluntad de secularización. Incluso en la nueva era donde se suponía que la religión había quedado en un segundo plano, relegada por la supremacía de la racionalidad, la recuperación de restos y reliquias se convirtió en una veneración fetichista. Descartes fue uno de los elegidos para recibir tales honores y, cuando llegó el momento, toda Francia se llevó una mayúscula sorpresa. Al esqueleto del filósofo le faltaba la cabeza. Como en una sutil ironía del destino, o una broma macabra del hombre, del filósofo del dualismo y la separación irreconciliable de la mente y el cuerpo sólo quedaba el esqueleto, pero ni rastro de su calavera.

Un esqueleto y dos cráneos
Perplejos ante esta circunstancia, un grupo de pensadores y científicos, empezó a investigar qué había pasado con el cráneo. Siguiendo el rastro de los hombres que habían acompañado al filósofo durantes sus últimos días y aquéllos que habían participado en su primer entierro, un científico sueco que estaba presente el día de la exhumación de los restos de Descartes en Francia encontró el camino hacia el cráneo, que había sido robado, extraviado, subastado y por fin recuperado en 1821, cuando apareció con dos inscripciones, un poema en latín y una frase en sueco, entre las firmas de los diferentes dueños que había tenido a lo largo de casi dos siglos.
Sin embargo, cuando todo parecía estar solucionado, un segundo cráneo apareció en escena. El esqueleto de Descartes pasó de no tener cráneo a tener dos, de modo que la investigación continuó para decidir cuál era el auténtico. Y una asamblea de científicos llegó a la conclusión, basada no en el ideal de certeza sino en la moderna probabilidad, de que el primer cráneo era el original. Russell Shorto ironiza al respecto: “habían aplicado la duda a la cabeza misma que había propuesto la duda como herramienta para avanzar en el conocimiento”.
Para colmo, años más tarde se supo que el esqueleto recuperado en los días revolucionarios para la panteonización no fue el correcto. El verdadero quedó perdido para siempre en algún pliegue de la historia. Tal y como apunta el autor, “de esta manera, la tendencia cartesiana de primar a la mente por encima de la materia, encuentra su remate metafórico”. El cráneo de Descartes, conservado como una reliquia, se encuentra actualmente en el Musée de l’ Homme, mientras que el cuerpo cayó abruptamente en el olvido.

De los huesos a las ideas
El norteamericano Russell Shorto realiza en Los huesos de Descartes dos viajes paralelos, uno por la vida y la muerte del filósofo francés y el otro por su pensamiento, que podemos señalar como el punto de inflexión en Europa hacia la modernidad. En el libro, Shorto recrea una historia del pensamiento moderno, su evolución, su lucha contra la religión y sus dificultades para extenderse. El modo en que el pensamiento cartesiano derivó en la Ilustración, con su fiebre por los inventos, la supremacía de la razón instrumental y su infinita fe en el progreso y la ciencia. Shorto explica este doble viaje argumentando que se dio cuenta que “el recorrido de los huesos de Descartes era un camino a través del paisaje de la época moderna. Seguir sus huesos era recordar todo lo que hemos vivido en los últimos cuatrocientos años”.
Con su obra El Discurso del Método, Descartes prendió la mecha del pensamiento moderno y llevó, primero a Francia y posteriormente al resto de Europa, a la ruptura total con las estructuras de poder del pasado. En esa lucha, los combates se libraron sobre todo entre la fe y la ciencia, entre la omnipotencia divina y la razón humana. El pensamiento cartesiano tuvo su más devastador efecto en la religión e hizo que a largo plazo el poder de la iglesia fuera menor. Sin embargo, pese a que durante toda su vida fue perseguido por ateo, el mismo Descartes intenta en su Discurso llegar a la prueba irrefutable de que Dios existe. Pero a través de la razón, a la que concedía un papel dominante sobre la realidad humana, relegando así la fe al ámbito de la superstición. Legó a la historia el dualismo cartesiano, la separación entre mente y cuerpo que ni él mismo pudo reconciliar, y la duda cartesiana, su método para llegar a las verdades últimas, aquellas que resistieran cualquier ataque de la razón. Rápidamente, su método se convirtió en el nuevo paradigma y penetró incluso en las disciplinas más prácticas, sobre todo en Inglaterra al ser heredado por los empiristas. Su influencia, de la misma manera que su cráneo, traspasó fronteras y siglos.