Archivos para el mes de: enero, 2018

En el facebook del IES colocaré estas dos fotos y una pregunta. Hay que contestarla y entrar en debate.
El debate más activo e inteligente tendrá un punto extra…
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Tras observar estas dos fotos, y sabiendo algo que se desprende en ellas sobre loa personalidad e inteligencia de ambos, la pregunta es…¿ con cuál te quedarías como pareja? No para una tarde, sino par compartir tu vida con el…al menos hasta que te canses…
Justificad la respuesta teniendo en cuenta tanto los criterios estéticos actuales como los de la época. Y vuestra opinión. Y pensando que no lo acabáis de conocer…ya lleváis un tiempo con esa persona y tenéis una relación de amistad

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MARX, NIETZSCHE Y FREUD1-9-696x328

Y algo de música de Nietzsche

La Cinta Blanca. trabajo

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Explica la teoría de la alienación de Marx y la de la ideología a partir de este corto.


En la película se nos muestra un ejemplo claro de como una idea puede arrastrar a las masas. Y la idea no necesariamente ha de ser muy sana o racional. Tiene que ver con la teoría de Marx sobre cómo la ideología está al servicio de la infraestructura. No es necesario verla entera, basta con este fragmento
Haz un análisis al respecto y busca otros ejemplos.
Suerte

Evaluación provisional
PLANTILLA EVALUACIÓN

Podéis ver los trabajos en el blog del proyecto
https://guernica71.wordpress.com/ ( 1º Bachillerato)

Enhorabuena a los que os lo habéis tomado en serio, porque hay algunos trabajos muy buenos. Y en general se ven bastante bien
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FILÓSOFOS DE LA SOSPECHA: MARX, NIETZSCHE Y FREUDkarl-marx-32

La expresión «filósofos de la sospecha» fue acuñada por el filósofo francés Paul Ricoeur en 1965 para referirse a los tres pensadores del siglo XIX que desenmascaran la falsedad escondida bajo los valores ilustrados de racionalidad y verdad: Marx, Nietzsche y Freud.

Los tres expresan, cada uno desde perspectivas diferentes, la entrada en crisis de la filosofía de la modernidad, al mostrar la insuficiencia de la noción de sujeto, y al desvelar un significado oculto: Marx desenmascara la ideología como falsa conciencia o conciencia invertida; Nietzsche cuestiona los falsos valores; Freud pone al descubierto los disfraces de las pulsiones inconscientes. El triple desenmascaramiento que ofrecen estos autores pone en cuestión los ideales ilustrados de la racionalidad humana, de la búsqueda de la felicidad y de la búsqueda de la verdad.

Afirma Ricoeur que Descartes puso en duda que las cosas fuesen tal y como aparecen, pero no dudó de que la conciencia fuese tal y como se aparece a sí misma. Por el contrario, los tres maestros de la sospecha: Marx, Freud y Nietzsche, aunque desde diferentes presupuestos, consideraron que la conciencia en su conjunto es una conciencia falsa. Así, según Marx, la conciencia se falsea o se enmascara por intereses económicos, en Freud por la represión del inconsciente y en Nietzsche por el resentimiento del débil. Sin embargo, lo que hay que destacar de estos maestros no es ese aspecto destructivo de las ilusiones éticas, políticas o de las percepciones de la conciencia, sino una forma de interpretar el sentido. Lo que quiere Marx es alcanzar la liberación por una praxis que haya desenmascarado a la ideología burguesa. Nietzsche pretende la restauración de la fuerza del hombre por la superación del resentimiento y de la compasión, en una transvaloración que acabe con el peso de la tradición y permita al hombre crear valores nuevos. Freud busca una curación por la conciencia y la aceptación del principio de realidad. Los tres tienen en común la denuncia de las ilusiones y de la falsa percepción de la realidad, pero también la búsqueda de una utopía. Los tres realizan una labor arqueológica de búsqueda de los principios ocultos de la actividad consciente, si bien, simultáneamente, construyen una teleología, un reino de fines.

Marx, Nietzsche y Freud han mostrado desde diferentes puntos de vista que no hay realmente sujeto fundador ni una conciencia propia de dicho sujeto, y han señalado cómo en la base de esta noción se esconden una serie de elementos sociales, económicos e ideológicos (el ser del hombre son sus procesos de vida reales; una moralidad recibida y engendrada a partir de un resentimiento contra la vida; un inconsciente que rige los actos de la conciencia). De esta manera, el sujeto es expresión de condicionantes históricos, sociales, morales y psíquicos. La noción de conciencia, pues, pierde su pretendido carácter regulador, y se hace patente la necesidad de reconsiderar la noción clásica de interpretación, entendida como relación de la conciencia con el sentido, ya que la misma noción de sujeto debe considerarse a partir de estos elementos que lo constituyen, es decir: la historia, la moral y la estructura psíquica inconsciente.

Los filósofos de la sospecha revelan un nuevo modo de considerar la interpretación, a partir de la profundización de una sospecha acerca del lenguaje, concretamente esgrimiendo que el lenguaje nunca dice lo que las cosas son, y que las cosas comunican o “hablan” sin ser estrictamente lenguaje. Esta sospecha se dirige hacia aquél recurso de Descartes de la percepción “clara y distinta” de la conciencia, así como a la Razón (con mayúsculas) en cuanto a sus vínculos con la ciencia y la “objetividad”, también puesta en entredicho. Por tanto, se deduce que es una crítica radical al sujeto como había sido entendido en su despliegue en la historia de la filosofía, como un yo unitario, indiviso, que se identifica con la conciencia, y que posee la voluntad como una facultad de la libertad.

Por esto, Foucault señala en Nietzsche, Freud, Marx, que Marx no se limita a interpretar la sociedad burguesa, sino a la interpretación burguesa de la sociedad; que Freud no interpreta el sueño del paciente, sino el relato que el paciente hace de su sueño; y que Nietzsche no interpreta a la moral de Occidente, sino al discurso que Occidente ha hecho de la moral. En todos los casos, se trata de mostrar que los discursos que cada uno analiza son ya interpretaciones y no meros objetos complicados a descifrar. El discurso burgués sobre la sociedad, el discurso occidental de la moral y el discurso del paciente sobre sí mismo son ya en sí mismos interpretaciones. Por esto dice Foucault que Marx, Nietzsche y Freud no han dado un nuevo sentido a las cosas. Sino que “han cambiado la naturaleza del signo” y modificado la manera como el signo podía ser interpretado.

Entonces, la sospecha de Marx, Nietzsche y Freud no está destinada a disolver “falsas apariencias” de la cultura, sino a mostrar de qué manera esas “apariencias” pueden expresar o producir una cierta verdad. La verdad es producida por la interpretación. ¿Qué querrá decir esto?

Marx

Marx engloba las ideologías o formas de conciencia en la superestructura; el concepto incluye cualquier forma de pensamiento como ideas, imágenes, símbolos y valores. La superestructura viene determinada por la estructura económica, que es la base real de la sociedad. Esta se compone de las fuerzas productivas y las relaciones de producción que surgen entre ellas. La ideología, la filosofía y la religión de un momento histórico dado son las que corresponden a la clase dominante y tienen como finalidad mantenerla en su situación de privilegio, justificando la estructura económica del momento (que es la relación entre opresores y oprimidos).

El hombre necesita de la religión y crea a Dios cuando es consciente de sus limitaciones, de esta forma se autoaliena porque vive en una situación de alienación en el trabajo. En la fase revolucionaria «después de descubrir la familia terrenal como el secreto de la familia sagrada, hay que aniquilar teórica y prácticamente la segunda». El error de la filosofía ha sido considerar que el hombre es un ser abstracto e individual, cuando no es más que un ser social, «la esencia humana no es algo abstracto e inmanente a cada individuo. Es, en su realidad, el conjunto de las relaciones sociales».
De este modo, cualquier ideología que no denuncie la situación de poseedores y desposeídos ayuda a mantenerla, por eso afirma Marx: «Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintos modos; de lo que se trata es de transformarlo».

Nietzsche

Según Nietzsche, toda la historia de la filosofía ha estado basada en una gran mentira. Los valores heredados de la Ilustración tienen como característica el rechazo a la vida. Para descubrir dónde se han invertido estos valores debemos remontarnos a la Grecia clásica, donde coexistían dos espíritus, por un lado Apolo, que representaba la racionalidad y las artes figurativas, y, por otro, Dionisos, que representaba la música, la embriaguez y el impulso vital; estos dos espíritus convivían en el mundo griego hasta que Sócrates y Platón exaltaron el intelectualismo y lo apolíneo, eliminando así media dimensión del ser humano.
La filosofía solo se ha ocupado de crear mundos ilusorios caracterizados por su inmutabilidad y estaticidad, como el Ser parmenídeo o el Mundo de las ideas platónico; «Todo lo que los filósofos han venido manejando desde hace milenios fueron momias conceptuales, de sus manos no salió vivo nada real». Todo lo que supusiera cambio o devenir era considerado como mera apariencia, de ahí la recuperación del pensamiento de Heráclito por parte de Nietzsche, el filósofo que reivindicó la existencia del cambio y el devenir.

Las explicaciones ontológicas (un mundo del verdadero ser frente a un mundo aparente) se convierten en explicaciones morales, el mundo inmutable es bueno y es alcanzable por el virtuoso, mientras que todo lo relacionado con el mundo sensible será aparente y malo por definición; de ahí que Nietzsche afirme: «todos los problemas de la filosofía no son sino un problema de valores».
Hay que desconfiar de los valores morales transmitidos por el cristianismo, propios de una moral de esclavos que tienen su origen en el resentimiento contra la vida. Pero Nietzsche va más allá e incluso pone en duda el concepto de verdad. Para ello realiza un minucioso análisis lingüístico o, como también lo denominará, genealógico. Así, descubre que se han mutado los significados originales para lo que consideramos bueno o verdadero. De aquí surge la necesidad de transmutar estos valores e instaurar una nueva axiología que afirme la vida y tenga su origen en una auténtica moral de señores.

Freud

Freud piensa que el hombre va construyendo su psique organizando unas necesidades y pulsiones en interacción con el medio familiar, social y cultural, representado esencialmente por los padres.
En el hombre se producen una serie de conflictos entre el Yo y las pulsiones sexuales. Tiene que relacionarse socialmente enfrentándose constantemente entre lo que exige la realidad, las normas morales impuestas por el Superyó y los deseos que provienen del Ello, que demandan satisfacción.

El ser humano es un sujeto histórico tanto en el ámbito social como individual. En su interior hay una lucha constante entre sus instintos, los impulsos agresivos y destructores y su ambiente cultural. Este conflicto se enmarca en lo que Freud denomina el principio de placer y el principio de realidad. El principio de placer busca lo que es placentero y huye del displacer, al tiempo que la realidad se impone socioculturalmente. En su obra El malestar en la cultura, explica Freud cómo este modelo topográfico basado en el Yo, el Ello y el Superyó es extrapolado. De ahí que afirme que la sociedad y la cultura no son para nosotros más que una combinación de pulsiones y del complejo de Edipo (por el que el niño expresa deseo hacia la madre y agresividad hacia el padre). El hombre persigue la felicidad, pero se encuentra demasiadas restricciones, por eso el ser humano es anti-social. La insatisfacción nos empuja a buscar sustitutivos en el trabajo, el arte, la ciencia, la religión o las drogas; a través de ellos no se encuentra el placer, pero al menos se evita el displacer. Según Freud: «se renuncia a un placer momentáneo, […] pero tan solo para alcanzar por el nuevo camino un placer ulterior y seguro». De ahí que se asuman las promesas de las religiones como una renuncia al placer terrenal frente a una recompensa que «no es más que una proyección mística de esta transformación psíquica (la renuncia del placer empujado por el principio de realidad)».

Alienación Religiosa

La religión es una forma de alienación porque es una invención humana que consuela al hombre de los sufrimientos en este mundo, disminuye la capacidad revolucionaria para transformar la auténtica causa del sufrimiento (que hay que situar en la explotación económica de una clase social por otra), y legitima dicha opresión.

Marx considera que la experiencia religiosa no es una experiencia de algo realmente existente. Su punto de vista es claramente ateo: no existe Dios ni una dimensión humana hacia lo trascendente (por ejemplo, algo así como un alma). Con la excepción de su tesis doctoral “Diferencias entre la filosofía de la naturaleza de Epicuro y la de Demócrito”, en donde expresamente se ocupa de los argumentos tradicionales para la demostración de la existencia de Dios, no encontramos en su filosofía argumentos explícitos que muestren la verdad del ateísmo frente a la verdad del creyente; para este filósofo el ateísmo es más bien un principio. Seguramente porque pensó que ya las críticas de la izquierda hegeliana, particularmente Feuerbach, habían puesto de manifiesto la inconsistencia o falsedad de las creencias religiosas, Marx apenas se molesta en refutar los argumentos para la demostración de la existencia de Dios, o en mostrar el supuesto absurdo de las creencias religiosas. Si queremos buscar en su filosofía una crítica a la religión la encontramos más bien en su idea de la religión como alienación.

La religión tiene que ser estudiada objetivamente, esto quiere decir que, desde su punto de vista, tenemos que estudiar la religión como estudiamos cualquier otra manifestación humana, tratando de ver su relación con otras experiencias humanas y, particularmente, en relación con las condiciones económicas y sociales de la sociedad que la ha gestado. En esta línea, Marx critica la religión por considerarla una forma de alienación. La religión es una forma de alienación en tres sentidos:
por una parte porque es una experiencia de algo irreal, es una experiencia de algo que no existe. Siguiendo a Feuerbach, Marx considera que no es Dios quien crea al hombre sino el hombre a Dios. Recordemos el esquema básico de toda alienación: el sujeto realiza una actividad que le hace perder su propia identidad, su propio ser; bien por su actividad, bien por el objeto creado mediante ella, en la alienación el sujeto se anula a sí mismo. Según Marx, esto es precisamente lo que ocurre en la religión: el hombre toma lo que considera mejor de sí mismo (voluntad, inteligencia, bondad, …) y lo proyecta fuera de sí, en el ámbito de lo infinito; a su vez, esta proyección se vive como una realidad que se enfrenta al propio sujeto que la ha creado. Si la religión supone la existencia de Dios como algo infinito, lo hace oponiendo a ella el mundo finito, incluido el hombre mismo, desvalorizando su propio ser y su propio destino, desvalorizando el mundo humano frente a la calidad absoluta de la realidad trascendente o divina, realidad, por otra parte, dice Marx, meramente inventada por el hombre;pero la religión también es alienación porque desvía al hombre del único ámbito en donde le es realmente posible la salvación y felicidad, el mundo humano, el mundo de la finitud expresado en la vida social y económica. Al consolar al hombre del sufrimiento que en este mundo le toca vivir, sugiriendo en él que en el otro mundo le corresponderá la justicia y la felicidad plena, le resta capacidad, energía y determinación para cambiar las situaciones sociales, políticas y económicas que son las realmente culpables de su sufrimiento. En este sentido Marx dice que la religión es el “opio del pueblo”, pues, en definitiva, adormece el espíritu revolucionario que de otro modo tendría el ser humano; finalmente, su crítica a la religión se extiende también al hecho de que la religión suele tomar partido, pero no por las clases desfavorecidas sino por la clase dominante, perpetuando a ésta en el poder, legitimando el estado de cosas existente, dando incluso, en casos extremos, justificaciones teológicas al dominio de un grupo social sobre otro.

Por las razones citadas, Marx consideró que era necesaria la superación de la religión y que ésta pasa realmente por la superación del sistema de clases sociales: la diferencia con respecto a Feuerbach se centra precisamente en esta cuestión, pues para Feuerbach la supresión de la religión era posible con su superación intelectual, con la crítica filosófica a la religión; Marx creyó que era necesario, además y fundamentalmente, la modificación de las condiciones económicas que la han hecho posible, es decir, la desaparición del orden social creado a partir de la existencia de la propiedad privada. En la sociedad comunista no existirá la religión pues en esta sociedad no existirá la alienación, y ya se ha dicho que la religión aparece como consecuencia de la alienación.

Karl Marx, la crítica a la religión por ser expresión de la alienación humana y la defensa del hombre ante toda forma de divinidad.

El fundamento de la crítica irreligiosa es: el hombre hace la religión; la religión no hace al hombre… La miseria religiosa es, de una parte, la expresión de la miseria real, y, de otra parte, la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura agobiada, el estado de ánimo de un mundo sin corazón, porque es el espíritu de los estados de cosas carentes de espíritu. La religión es el opio del pueblo.

Karl Marx, Crítica de la filosofía del derecho de Hegel

“La filosofía no lo oculta. Hace suya la profesión de fe de Prometeo: “¡En una palabra, odio a todos los dioses!”. Y opone esta divisa a todos los dioses del cielo y de la tierra que no reconozcan como suprema divinidad a la autoconciencia humana. Esta no tolera rival”.

http://www.e-torredebabel.com/Historia-de-la-filosofia/Filosofiacontemporanea/Marx/Marx-AlienacionReligiosa.htmKarl_Marx_Opium