Por: Esther Samper | 11 de octubre de 2011
Todos los días, a todas horas (incluso cuando soñamos), un mundo visual aparece ante nosotros. Sin esfuerzo, sin complicaciones. Ver a nuestro alrededor es, para la mayoría de nosotros, tan sencillo como abrir los ojos y mantenerlos así. De rutina, nos movemos ágilmente por la casa, el supermercado o la oficina con, aparentemente, una innata e imperceptible capacidad de reconocer la profundidad y localización de los muebles. Los objetos son muy fáciles de identificar por sus colores, formas y tamaños y reconocemos a las personas por sus caras en cuestión de décimas de segundo.
Todo parece tan sencillo que podríamos pensar que desde el día que nacimos empezamos a ver así. Nada más alejado de la realidad. De hecho, nacimos siendo casi ciegos y sólo cuando llegamos a los 4-5 años de edad desarrollamos todo el potencial de nuestra visión.
Por extraño que parezca, nuestra visión se asemeja, hasta cierto punto, al habla. Nacemos con la potencial capacidad para poder ver y hablar, pero necesitamos de un aprendizaje y desarrollo imprescindible durante los primeros años de la vida (cuando el cerebro muestra una gran plasticidad neuronal) para que esta capacidad pueda desarrollarse en su totalidad.
Por esa razón, si la persona pasa el período crítico de sus primeros años de vida hasta la pubertad sin haber oído ni una palabra (como ocurre con los raros casos de niños ferales), lo más probable es que no conseguirá hablar en toda su vida. En el caso de la visión ocurre algo similar, si el bebé/niño no ha visto nada desde su nacimiento por diversos problemas médicos, cuando sea adulto será incapaz de poseer ciertas características de la visión humana aunque se recupere su vista. Ver no es sólo una cuestión de abrir los ojos, vemos lo que vemos porque hemos desarrollado nuestro cerebro y aprendido a verlo durante nuestros más tiernos años.
Hoy en día sabemos, por múltiples estudios neurocientíficos, que en la visión hay habilidades innatas y otras adquiridas. Así, por ejemplo, detectar colores y sombras,percibir el movimiento o la luz son algunos de los rasgos más innatos de la visión y no se necesita estrictamente un aprendizaje previo.
Para las habilidades visuales adquiridas, por el contrario, existen una serie de períodos durante los cuales se van adquiriendo en el bebé: El enfoque de los objetos se aprende en torno a los 2 y 3 meses de edad. La percepción de la profundidad (y, por tanto, la visión en 3D) y el reconocimiento de objetos se desarrolla entre los 3 y 6 meses de vida y habilidades más complejas como reconocer caras se adquiere en torno a los 6 meses.
Cada vez es menos extraño que algunos tipos de ceguera puedan solucionarse o paliarse mediante distintos tratamientos como el más convencional trasplante de córnea, la más tecnológica retina artificial o el más experimental, aunque prometedor, trasplante de células madre.
Los avances encaminados a la restauración de la vista en las personas ciegas son abrumadores y es muy probable que, dentro de un período indeterminado de tiempo, se incremente poco a poco el porcentaje de ciegos que podrían recuperar la visión. Sin duda, se trata de una excelente noticia pero no hay que olvidar el gran “pero” en todo este asunto: Para una persona que ha sido ciega desde su nacimiento o en sus primeros años y no ha visto durante décadas la experiencia de volver a ver podría resultar incómoda e, incluso, realmente dramática.
Como se ha comentado anteriormente, vemos lo que vemos por el desarrollo cerebral y aprendizaje visual que hemos realizado durante nuestros primeros años. Si una persona carece de esta fase fundamental para la visión o se ha visto interrumpida por una ceguera repentina y esa ceguera persiste durante muchos años, la persona será totalmente incapaz de tener ciertas habilidades visuales, que dependerán del momento en que comenzó la ceguera y de la duración de ésta. Eso sí, poseerían las habilidades más innatas de la visión como percibir el movimiento o la luz y detectar colores y sombras.
Los problemas más comunes que se presentarían ante una persona ciega desde su más tierna infancia que recuperase la vista muchos años después serían los siguientes:
-Incapacidad para detectar la profundidad. Esto implica una gran dificultad para moverse guiándose sólo por la vista porque no existe la capacidad para percibir en tres dimensiones. Así, por ejemplo, si un objeto se aleja o se acerca ellos perciben que, en realidad, se está agrandando o haciendo pequeño. Esto también supone una dificultad para interaccionar con los elementos de alrededor.
-Incapacidad para reconocer lo que se está viendo (agnosia). Existe una gran diferencia entre ver y reconocer lo que se está viendo (mucho más que entre oír y escuchar). Para la mayoría de nosotros están tan completamente unidos que ni nos damos cuenta de la gran diferencia que hay entre ambos pero es vital. Las personas ciegas que no llegaron a desarrollar esta capacidad siendo bebés aunque recuperen la vista son incapaces de reconocer lo que ven.
Además de lo anterior, también pueden tener dificultades en percibir las formas de los objetos o en enfocar la vista.
-Incapacidad para reconocer caras (prosopagnosia). El reconocimiento de las caras es una de las habilidades visuales más complejas y tardías en desarrollarse  y las personas que no han podido desarrollar esta fase por ser ciegas al recuperar la vista son incapaces de reconocer las caras. Si la ceguera ha sido más tardía, se pueden reconocer pero encuentran especial dificultad a distinguir las caras de los hombres de las mujeres o entre diferentes personas.
Debido a todo lo anterior, la recuperación de la visión puede ser algo que provoque una gran confusión a personas que han sido ciegas desde sus primeros años, como si ante ellos se abriera un mundo nuevo que rompe con todos sus “esquemas” cerebrales. Un mundo para el que no se habían adaptado ni habituado. No es de extrañar, por tanto, que entre los casos descritos en la literatura científica sobre ciegos tempranos que recuperaron la visión, tras mucho tiempo, encontremos frecuentes casos de depresión e, incluso, de suicidio.
Así le ocurrió al famoso Virgil, comentado con sumo detalle y exquisitez por el prestigioso neurólogo Oliver Sacks en su libro “Un antropólogo en Marte”. Desde muy pequeño fue casi ciego por unas cataratas. Cuando le operaron a los 50 años, su vida cambió repentinamente, para mal. Se encontraba constantemente frustrado y confuso ante lo que veía porque no era capaz de reconocerlo y no tardó en entrar en una profunda depresión. Algo similar le ocurrió a Sidney Bradford, ciego de larga duración que recuperó la vista tras un trasplante de córneas. La operación, lejos de mejorar su vida, la empeoró drásticamente: fue incapaz de trabajar con su nuevo sentido y, a los dos años, se suicidó. Por extraño que resulte, recuperar la visión puede no ser, a veces, una buena idea.

http://blogs.elpais.com/la-doctora-shora/2011/10/la-controvertida-experiencia-de-recuperar-la-vision.html

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