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Son conceptos que a menudo parecen contrarios: filosofía y sexo. Y con razón, pues si bien el sexo ha estado presente en la vida de muchos filósofos, lo cierto es que el mismo ha tardado muchos siglos en ser observado desde una perspectiva filosófica. ¿Qué conductas sexuales tuvieron nuestros sabios? ¿Quiénes afrontaron primero el tema? ¿Hay filosofía en el acto sexual? La respuesta, en estas líneas.

Los filósofos, como los ángeles, no tienen sexo. O eso parece, a juzgar por la escasa presencia que este ha desempeñado en sus vidas y en sus obras. No hay que olvidar que la mayoría de los filósofos se mantuvieron solteros y algunos de ellos incluso murieron vírgenes (como Spinoza, Kant o Santo Tomás). Esta falta de necesidad por mantener relaciones sexuales sería una señal inequívoca de que la práctica de la filosofía conllevaría una profunda carga erótica y que podría ser un sustitutivo del sexo. Ortega tendría razón, pues, cuando dijo que “filosofar es como tener erecciones”. Otros filósofos, sin embargo, tuvieron una relación bastante conflictiva con su sexo (y con el de otras personas). Por ejemplo, Orígenes, teólogo cristiano del siglo II d. C., se emasculó para acabar con las tentaciones que le obsesionaban; y Pedro Abelardo, el filósofo más importante del siglo X, castrado por la fuerza cuando el tío de Eloísa descubrió que había dejado embarazada a su sobrina en lugar (o además) de impartirle clases particulares, tal como él le había encomendado.

El animal furioso

Platón fue el primer filósofo que describió el subyugante poder de la “jodienda” (como diría el gran Agustín García Calvo) sobre el espíritu. En el Timeo, uno de sus últimos diálogos, podemos leer que “los dioses nos han proporcionado un miembro desobediente y tiránico que, como un animal furioso, intenta por la violencia de su apetito someterlo todo. Del mismo modo, a las mujeres, un animal ávido y glotón y que, si se le niegan los alimentos en su ocasión, se enfurece, impaciente por la espera, e insuflando la rabia en sus cuerpos, obstruye sus conductos, detiene la respiración, causando mil tipos de males hasta que, habiendo absorbido el fruto de la sed común, haya regado y sembrado generosamente el fondo de su matriz”.

Adúlteros y pedófilos

Pero Abelardo no ha sido el único profesor de filosofía que se ha acostado con alguna de sus alumnas (el caso reciente más conocido es el de Heidegger y Hanna Arendt, cuando el primero era un cuarentón casado –por cierto, con otra exalumna– y ella una joven judía veinteañera), aunque a veces tiene uno la impresión de que este “vicio” es la deformación profesional más extendida entre el gremio. Un buen número de pensadores (como San Agustín o Descartes) han optado por mantener relaciones “prohibidas” (lo que antes se llamaba concubinato y hoy “vivir en pareja”) con mujeres de baja extracción social y muy poco intelectuales, y han llegado incluso a tener hijos “bastardos” con ellas (el más conocido de todos ellos fue Rousseau, que abandonó a sus cuatro hijos en un orfanato).

Hay que hablar también de los promiscuos, que escasean como los tréboles de cuatro hojas (con tanto clérigo y tanto profesor apolillado, se hace difícil encontrar libertinos), entre los que hay que destacar a Jean-Paul Sartre, que hasta compartió algunas de sus amantes con Simone de Beauvoir, el único “amor necesario” de su vida (aunque jamás se casó con ella), y a Bertrand Russell, que contrajo matrimonio cuatro veces y tuvo numerosas amantes ocasionales. Y es que parece que los filósofos son alérgicos al matrimonio. O quizás sea que el recuerdo de las anécdotas de las humillaciones a los que Jantipa sometía al pacienzudo Sócrates todavía pervive en la memoria colectiva como una situación patética a evitar a toda costa (aunque si nos ponemos en el lugar de la sufrida esposa, se podría comprender que esta tuviese tan mal carácter, pues la pobre mujer tenía que convivir con un hombre que se pasaba todo el día fuera de casa, charlando con sus amigotes, y que no traía dinero al hogar familiar ni se ocupaba de sus tres hijos).
Putañeros y sodomitas

Luego están los asiduos a los burdeles (como Nietzsche, que enfermó de sífilis por frecuentarlos de joven), y aquí tendremos que hablar prácticamente de filósofos grecorromanos, que en estas cuestiones eran menos pudibundos que los modernos. Laercio nos cuenta anécdotas muy jugosas de los cínicos (sobre todo de Diógenes) y de los cirenaicos con distintas prostitutas. Por ejemplo, Aristipo decía que él poseía a Lais, una de las hetairas más famosas de su época, pero que Lais no le poseía a él (es decir, que él era capaz de dominar su impulso sexual), o que lo vergonzoso no era entrar en un burdel, sino no poder salir de allí.

Y, por último, debemos mencionar a los homosexuales (confesos o no), que desde que se impuso la moral cristiana han vivido normalmente una sexualidad atormentada, como Wittgenstein, que anotaba en sus diarios el número de veces que se masturbaba y que, según alguno de sus biógrafos, solía acudir a un conocido parque de Viena para mantener furtivos encuentros sexuales con desconocidos, o Foucault, que en sus últimos años se aficionó al sexo anónimo de las saunas de San Francisco y al sadomasoquismo (y, según Žižek, al “fist fucking”).

Así que parece ser que a los filósofos no les va la medianía aristótélica (nada de un polvete o dos por semana), sino los extremos: o el desinterés angelical o la perversión más extrema. Quizás toda filosofía no sea otra cosa más que sodomía, como insinúa Deleuze cuando cuenta que lo que él hace en sus libros con los filósofos es sodomizarlos y preñarlos de un hijo que ni ellos mismos reconocerían como propio. Incluso el beatífico Sócrates confiesa el Cármides que se excitó sexualmente al ver el atractivo cuerpo de un chaval de poco más de doce años y apartó ese pensamiento de su mente para poder filosofar con él. Él mismo reconoce que se parece físicamente a un sátiro y que su deseo sexual es tan ardiente como el de esta divinidad menor, aunque él es capaz de transmutarlo en pasión filosófica. De hecho, Alcibíades se queja de que, después de ser seducido sutilmente por Sócrates, este le rechazó un día que él se encamó a su lado completamente desnudo. Aunque el sexómano más impenitente de todos es sin duda Diógenes el cínico, mundialmente célebre por masturbarse en plena ágora (para demostrar a sus conciudadanos que era un acto tan natural como comer o defecar), mucho antes de que Jim Morrison, el cantante de The Doors, le copiará la performance en uno de sus conciertos.

Pero aparte de abstenerse de él o de practicarlo de manera furibunda, los filósofos ¿han reflexionado sobre el sexo? Pues no demasiado. Son muy pocos los filósofos que han considerado el sexo como un problema filosófico digno de atención. Es cierto que Platón comenta algo en El Banquete y en Fedro, y que Lucrecio inicia su Rerum Natura (Gredos, 2012) con un discurso muy hermoso sobre el influjo de Venus, la diosa de la lujuria, pero habrá que esperar hasta el Renacimiento para que Montaigne defienda que no hay por qué avergonzarse de las cosas que se hacen en la alcoba y que incluso sería muy conveniente que se pudiese hablar de estas cuestiones en la mesa para deshacer malentendidos, desengaños y prevenir futuros problemas.

La lascivia de Montaigne

Montaigne es partidario de la ilustración sexual, como también lo eran los pensadores grecorromanos (es más, llega a mencionar hasta diez filósofos antiguos que escribieron tratados sobre esta materia), pues “no hay deseo más acuciante que este”. En uno de sus más atrevidos y extensos artículos del tercer volumen de sus Ensayos, titulado como para despistar “Sobre unos versos de Virgilio”, el filósofo francés hace un ejercicio de striptease íntimo sobre sus gustos sexuales que muy pocos filósofos se atreverían a hacer hoy día (ni yo mismo, la verdad), y nos confiesa que su temperamento es más bien rijoso (“los naturales libertinos, como el mío, que odian toda especie de lazo y compromiso”), que su miembro viril es más bien pequeño, que a veces sufre de impotencia, que prefiere tener sexo con otras señoras antes que con su esposa (pues con ella el placer es más bien soso) y que suele practicarlo unas tres veces por semana.

“¿Qué les ha hecho a los hombres el acto genital, tan natural, tan necesario y tan justo, para no atreverse a hablar de él sin vergüenza y para excluirlo de las conversaciones serias y ordenadas? Pronunciamos con osadía matar, robar, traicionar; y lo otro, ¿no osaremos decirlo sino entre dientes?”, se pregunta con razón Montaigne. Más allá de chismografías filosóficas, hay que reconocer que las observaciones de Montaigne sobre el apetito sexual todavía siguen siendo pertinentes e instructivas. Su filosofía sexual podría resumirse en el siguiente apotegma: “Cada una de mis partes me hace a mí mismo como cualquier otra. Y ninguna otra me hace más propiamente hombre que esta”. Para el gascón, “la filosofía no combate las voluptuosidades naturales (con tal que a ellas vaya unida la mesura) y predica la moderación, no la huida”. Sin embargo, al final de sus reflexiones parece que subyace un sustrato pesimista muy similar al de Schopenhauer: “El amor no es otra cosa que la sed de ese goce con un sujeto deseado, y Venus otra cosa que el placer de descargar los jarros, que se hace vicioso ora por inmoderación ora por indiscreción”.

Los suspiros de Schopenhauer

Después de Montaigne, solo Schopenhauer se atreverá a convertir el sexo en el epicentro de su filosofía, especialmente en La metafísica del amor sexual, uno de los últimos complementos que incluyó en el segundo tomo de El mundo como voluntad y representación. Primero reconoce enfáticamente que el sexo es un problema filosófico que aún no ha sido abordado convenientemente por ningún otro gran filósofo antes de él y que por eso permanece todavía sin explorar, algo que el filósofo alemán no consigue entender, pues “ningún otro tema puede igualar en interés a este”. Aunque el alemán parece olvidar que, tres siglos antes, Montaigne ya había considerado que el sexo era la fuerza motriz del universo, cuando escribió que “todo el movimiento del mundo se reduce a este ayuntamiento y gira en torno a él: es una materia infusa por todas partes, es el centro hacia el que todo apunta”. La perspectiva que utiliza Schopenhauer para analizar el instinto sexual es marcadamente biológica (prefigurando ideas que después desarrollará Darwin); él considera que el objetivo de toda atracción amorosa no es otro que la procreación. Cuando un individuo cree perseguir sus fines individuales (consumar la pasión amorosa que le inflama), lo que en realidad hace es seguir la “voluntad de la especie”, pues todo amor sexual no tiene otro fin que la propagación de la especie. Schopenhauer lo expresa de manera muy poética: “Este anhelo que vincula a la posesión de una determinada mujer la representación de una dicha infinita y un inefable dolor al pensamiento en caso de no conseguirlo son el suspiro del espíritu de la especie”, ya que “solo la especie tiene una vida infinita y por eso es capaz de infinitos deseos, de una satisfacción infinita y de infinitos dolores”. Para el filósofo alemán, todos los lamentos de los poetas no son más que gimoteos de la especie.

Foucault, el mesías

Pero será solo en el último tercio del siglo XX cuando el sexo se convierta en un campo de estudio filosófico con entidad propia, gracias a los trabajos de Foucault (sobre todo a los tres volúmenes de su Historia de la sexualidad), Judith Butler (con obras como El género en disputa) y Beatriz Preciado (con su provocador Manifiesto contrasexual). Estos dos últimas pensadores harán de la sexualidad el eje central de sus reflexiones, pero esa es una historia tan larga que merece otro artículo. La dejamos para otro número. Hasta entonces, eviten los pensamientos impuros.
http://www.filosofiahoy.es/index.php/mod.pags/mem.detalle/relcategoria.4211/idpag.7404/prev.true/chk.4d6f9f3117dd561ac876d8ed7c71ec23.html

■ Gabriel Arnaiz

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Por: Esther Samper | 11 de octubre de 2011
Todos los días, a todas horas (incluso cuando soñamos), un mundo visual aparece ante nosotros. Sin esfuerzo, sin complicaciones. Ver a nuestro alrededor es, para la mayoría de nosotros, tan sencillo como abrir los ojos y mantenerlos así. De rutina, nos movemos ágilmente por la casa, el supermercado o la oficina con, aparentemente, una innata e imperceptible capacidad de reconocer la profundidad y localización de los muebles. Los objetos son muy fáciles de identificar por sus colores, formas y tamaños y reconocemos a las personas por sus caras en cuestión de décimas de segundo.
Todo parece tan sencillo que podríamos pensar que desde el día que nacimos empezamos a ver así. Nada más alejado de la realidad. De hecho, nacimos siendo casi ciegos y sólo cuando llegamos a los 4-5 años de edad desarrollamos todo el potencial de nuestra visión.
Por extraño que parezca, nuestra visión se asemeja, hasta cierto punto, al habla. Nacemos con la potencial capacidad para poder ver y hablar, pero necesitamos de un aprendizaje y desarrollo imprescindible durante los primeros años de la vida (cuando el cerebro muestra una gran plasticidad neuronal) para que esta capacidad pueda desarrollarse en su totalidad.
Por esa razón, si la persona pasa el período crítico de sus primeros años de vida hasta la pubertad sin haber oído ni una palabra (como ocurre con los raros casos de niños ferales), lo más probable es que no conseguirá hablar en toda su vida. En el caso de la visión ocurre algo similar, si el bebé/niño no ha visto nada desde su nacimiento por diversos problemas médicos, cuando sea adulto será incapaz de poseer ciertas características de la visión humana aunque se recupere su vista. Ver no es sólo una cuestión de abrir los ojos, vemos lo que vemos porque hemos desarrollado nuestro cerebro y aprendido a verlo durante nuestros más tiernos años.
Hoy en día sabemos, por múltiples estudios neurocientíficos, que en la visión hay habilidades innatas y otras adquiridas. Así, por ejemplo, detectar colores y sombras,percibir el movimiento o la luz son algunos de los rasgos más innatos de la visión y no se necesita estrictamente un aprendizaje previo.
Para las habilidades visuales adquiridas, por el contrario, existen una serie de períodos durante los cuales se van adquiriendo en el bebé: El enfoque de los objetos se aprende en torno a los 2 y 3 meses de edad. La percepción de la profundidad (y, por tanto, la visión en 3D) y el reconocimiento de objetos se desarrolla entre los 3 y 6 meses de vida y habilidades más complejas como reconocer caras se adquiere en torno a los 6 meses.
Cada vez es menos extraño que algunos tipos de ceguera puedan solucionarse o paliarse mediante distintos tratamientos como el más convencional trasplante de córnea, la más tecnológica retina artificial o el más experimental, aunque prometedor, trasplante de células madre.
Los avances encaminados a la restauración de la vista en las personas ciegas son abrumadores y es muy probable que, dentro de un período indeterminado de tiempo, se incremente poco a poco el porcentaje de ciegos que podrían recuperar la visión. Sin duda, se trata de una excelente noticia pero no hay que olvidar el gran “pero” en todo este asunto: Para una persona que ha sido ciega desde su nacimiento o en sus primeros años y no ha visto durante décadas la experiencia de volver a ver podría resultar incómoda e, incluso, realmente dramática.
Como se ha comentado anteriormente, vemos lo que vemos por el desarrollo cerebral y aprendizaje visual que hemos realizado durante nuestros primeros años. Si una persona carece de esta fase fundamental para la visión o se ha visto interrumpida por una ceguera repentina y esa ceguera persiste durante muchos años, la persona será totalmente incapaz de tener ciertas habilidades visuales, que dependerán del momento en que comenzó la ceguera y de la duración de ésta. Eso sí, poseerían las habilidades más innatas de la visión como percibir el movimiento o la luz y detectar colores y sombras.
Los problemas más comunes que se presentarían ante una persona ciega desde su más tierna infancia que recuperase la vista muchos años después serían los siguientes:
-Incapacidad para detectar la profundidad. Esto implica una gran dificultad para moverse guiándose sólo por la vista porque no existe la capacidad para percibir en tres dimensiones. Así, por ejemplo, si un objeto se aleja o se acerca ellos perciben que, en realidad, se está agrandando o haciendo pequeño. Esto también supone una dificultad para interaccionar con los elementos de alrededor.
-Incapacidad para reconocer lo que se está viendo (agnosia). Existe una gran diferencia entre ver y reconocer lo que se está viendo (mucho más que entre oír y escuchar). Para la mayoría de nosotros están tan completamente unidos que ni nos damos cuenta de la gran diferencia que hay entre ambos pero es vital. Las personas ciegas que no llegaron a desarrollar esta capacidad siendo bebés aunque recuperen la vista son incapaces de reconocer lo que ven.
Además de lo anterior, también pueden tener dificultades en percibir las formas de los objetos o en enfocar la vista.
-Incapacidad para reconocer caras (prosopagnosia). El reconocimiento de las caras es una de las habilidades visuales más complejas y tardías en desarrollarse  y las personas que no han podido desarrollar esta fase por ser ciegas al recuperar la vista son incapaces de reconocer las caras. Si la ceguera ha sido más tardía, se pueden reconocer pero encuentran especial dificultad a distinguir las caras de los hombres de las mujeres o entre diferentes personas.
Debido a todo lo anterior, la recuperación de la visión puede ser algo que provoque una gran confusión a personas que han sido ciegas desde sus primeros años, como si ante ellos se abriera un mundo nuevo que rompe con todos sus “esquemas” cerebrales. Un mundo para el que no se habían adaptado ni habituado. No es de extrañar, por tanto, que entre los casos descritos en la literatura científica sobre ciegos tempranos que recuperaron la visión, tras mucho tiempo, encontremos frecuentes casos de depresión e, incluso, de suicidio.
Así le ocurrió al famoso Virgil, comentado con sumo detalle y exquisitez por el prestigioso neurólogo Oliver Sacks en su libro “Un antropólogo en Marte”. Desde muy pequeño fue casi ciego por unas cataratas. Cuando le operaron a los 50 años, su vida cambió repentinamente, para mal. Se encontraba constantemente frustrado y confuso ante lo que veía porque no era capaz de reconocerlo y no tardó en entrar en una profunda depresión. Algo similar le ocurrió a Sidney Bradford, ciego de larga duración que recuperó la vista tras un trasplante de córneas. La operación, lejos de mejorar su vida, la empeoró drásticamente: fue incapaz de trabajar con su nuevo sentido y, a los dos años, se suicidó. Por extraño que resulte, recuperar la visión puede no ser, a veces, una buena idea.

http://blogs.elpais.com/la-doctora-shora/2011/10/la-controvertida-experiencia-de-recuperar-la-vision.html